Cuando el cuerpo no sabe que el peligro ya ha pasado

Ser capaz de seguir funcionando no significa necesariamente estar bien regulado.
Cómo el estrés crónico puede mantener al organismo en modo supervivencia
Hay momentos en la vida en los que necesitamos resistir.
Una enfermedad, una separación, dificultades familiares, presión laboral, incertidumbre económica, cuidar durante mucho tiempo de otras personas o simplemente atravesar años en los que parece que nunca podemos bajar la guardia.
El organismo está preparado para ayudarnos en esas circunstancias.
Nos activa. Nos hace estar atentos. Moviliza energía.
Prioriza aquello que necesitamos para responder al desafío.
El problema aparece cuando la situación cambia, pero nuestro organismo continúa funcionando como si todavía fuera necesario mantener la alerta.
La persona puede pensar:
Ahora todo está bien. No entiendo por qué sigo así.
Y, sin embargo, continúa despertándose de madrugada, anticipando problemas, sintiendo tensión muscular, cansancio, irritabilidad o una inquietud difícil de explicar.
No significa necesariamente que exista un peligro real.
Puede significar que el organismo todavía no ha recuperado completamente la capacidad de sentirse seguro y poder recuperar un estado más tranquilo.
La respuesta de estrés no es el problema
El estrés forma parte de nuestros mecanismos naturales de adaptación.
Cuando percibimos una amenaza o una demanda importante, distintos sistemas del organismo participan en la respuesta:
- el sistema nervioso autónomo,
- el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y
- diferentes mecanismos metabólicos e inmunológicos ayudan a movilizar los recursos necesarios para responder.
- Nuestro corazón puede acelerarse.
- Aumenta la vigilancia.
- Los músculos se preparan para actuar.
- La atención se dirige hacia aquello que consideramos importante.
Determinadas funciones pueden pasar temporalmente a segundo plano.
Todo esto puede ser extraordinariamente útil.
Por eso no necesitamos eliminar el estrés. Necesitamos conservar algo mucho más importante: la capacidad de activarnos cuando es necesario y de recuperar después un estado de reposo y equilibrio.
El problema no suele ser la activación.
El problema aparece cuando la activación deja de ser temporal.
Cuando adaptarse empieza a tener un coste
El organismo humano tiene una enorme capacidad de adaptación.
Podemos atravesar épocas difíciles, asumir responsabilidades, cuidar de otras personas y seguir adelante incluso cuando estamos sometidos a una presión considerable.
Pero esa capacidad tiene un coste cuando se mantiene durante demasiado tiempo.
La investigación utiliza el concepto de carga alostática para describir el desgaste acumulativo asociado a la necesidad repetida o prolongada de adaptarse a situaciones de estrés.
Y aquí aparece una diferencia que considero fundamental:
ser capaz de seguir funcionando no significa necesariamente estar bien regulado.
- Podemos trabajar.
- Podemos cumplir.
- Podemos cuidar.
- Podemos resolver problemas.
- Incluso podemos parecer fuertes y eficaces ante los demás.
Y, al mismo tiempo, nuestro organismo puede estar sosteniendo un nivel de activación demasiado elevado.
Muchas personas llegan a consulta precisamente en ese punto.
No sienten que haya ocurrido nada nuevo especialmente grave. A veces incluso dicen:
“Ahora debería estar bien. Lo peor ya ha pasado.”
Pero el cuerpo parece decir algo diferente.
Algunas señales de que el sistema continúa en alerta
No existe una única forma de expresar el estrés mantenido. Cada persona tiene una vulnerabilidad y una historia diferentes.
Puede manifestarse como:
- dificultad para desconectar;
- preocupación o anticipación constantes;
- sueño superficial o despertares frecuentes;
- tensión muscular;
- irritabilidad;
- sensación de cansancio que no termina de mejorar con el descanso;
- molestias digestivas;
- cefaleas y otros dolores;
- palpitaciones, temblor o sudoración;
- sensación de saturación ante situaciones que antes se toleraban mejor.
La OMS incluye entre las manifestaciones frecuentes del estrés problemas de sueño, dificultades de concentración, irritabilidad, molestias digestivas, cefaleas y tensión o dolor corporal.
Esto no significa que todos estos síntomas sean consecuencia del estrés.
Un síntoma físico persistente, nuevo o relevante debe ser correctamente valorado desde el punto de vista médico.
La mirada integradora no consiste en atribuirlo todo a las emociones. Consiste precisamente en evitar la falsa división entre cuerpo y mente y estudiar qué factores biológicos, psicológicos y contextuales pueden estar interactuando.
"Pero si sé que no pasa nada..."
Esta frase aparece con mucha frecuencia.
La persona comprende racionalmente que está segura.
Sabe que aquella etapa terminó.
Sabe que probablemente no necesita preocuparse tanto.
Incluso puede reconocer que sus pensamientos son excesivos.
Pero saberlo no siempre modifica inmediatamente lo que siente.
Porque la regulación no depende únicamente del pensamiento consciente.
Nuestra respuesta ante lo que interpretamos como amenaza implica procesos automáticos. La percepción de riesgo y las respuestas fisiológicas asociadas al estrés involucran múltiples circuitos cerebrales y sistemas corporales.
Por eso decirnos:
- Relájate
- No pienses
- No tienes motivos para estar nervioso
puede tener un efecto muy limitado.
La parte racional puede haber comprendido que el peligro terminó mientras otros procesos continúan funcionando desde un patrón aprendido de vigilancia.
No porque el organismo esté funcionando mal.
En muchos casos, ocurre precisamente porque ha aprendido muy bien a protegernos.
El modo supervivencia puede convertirse en una forma de vivir
Utilizo con frecuencia la expresión modo supervivencia para explicarlo de manera sencilla.
No es un diagnóstico médico.
Es una forma de describir un estado en el que buena parte de nuestra energía está orientada a anticipar, controlar, resolver y evitar que algo salga mal.
A veces se reconoce fácilmente.
Pero otras veces está disfrazado de cualidades que socialmente valoramos mucho:
- responsabilidad,
- perfeccionismo,
- capacidad de trabajo,
- anticipación,
- disponibilidad permanente,
- dificultad para delegar,
- necesidad de tenerlo todo bajo control.
La persona puede sentir:
- “Tengo muchas cosas que hacer.”
- “Si no lo hago yo, no saldrá bien.”
- “Cuando termine esto descansaré.”
- “Necesito tenerlo todo organizado.”
- ¨Miedo a no saber qué hacer«
Y ese “cuando termine” puede desplazarse durante años.
Entonces llega el cansancio
Hay un momento en que estrategias que nos han permitido funcionar empiezan a ser demasiado costosas.
La concentración disminuye.
La paciencia también.
Aparece mayor sensibilidad emocional.
El sueño cambia.
El cuerpo protesta más.
Y algo desconcierta especialmente a muchas personas: aquello que antes podían sostener sin dificultad ahora las desborda.
No necesariamente se han vuelto más débiles.
Puede ocurrir que lleven demasiado tiempo compensando.
El estrés mantenido se ha relacionado con cambios en sistemas cerebrales, metabólicos e inmunológicos, y puede agravar problemas de salud preexistentes.
Por eso, cuando llegamos a este punto, exigirnos todavía más, rara vez es una buena estrategia.
Recuperarse no consiste simplemente en descansar
Dormir más, tomarse unos días libres o reducir temporalmente las obligaciones puede ayudar muchísimo.
Pero algunas personas descubren algo desconcertante:
- se van de vacaciones y siguen tensas.
- Tienen tiempo libre y no saben qué hacer con él.
- Se sientan a descansar y aparece culpa.
- Llegan a la noche agotadas y, precisamente entonces, su mente empieza a funcionar a toda velocidad.
Esto nos indica que recuperar el equilibrio no siempre consiste únicamente en quitar estímulos externos.
También puede ser necesario modificar patrones internos de funcionamiento.
- Aprender a reconocer la activación.
- Detectar qué la mantiene.
- Revisar la relación con la exigencia y el control.
- Recuperar señales corporales de seguridad.
- Restablecer ritmos de actividad y recuperación.
Y, progresivamente, permitir que el organismo compruebe algo que quizá intelectualmente ya sabemos:
ahora no es necesario estar preparado para todo.
Regularse no significa estar siempre en calma
Esta distinción me parece especialmente importante.
Un organismo regulado no es un organismo permanentemente tranquilo.
La vida necesita activación.
Necesitamos energía para afrontar una dificultad, defender un límite, trabajar intensamente durante un periodo o reaccionar ante un peligro real.
La regulación tiene más que ver con la flexibilidad.
Poder activarnos.
Poder responder.
Y después poder volver.
El objetivo no es construir una vida sin estrés, sino recuperar la capacidad de entrar y salir de la activación sin quedar atrapados en ella.
Del control a la seguridad
A veces intentamos recuperar la tranquilidad aumentando todavía más el control.
- Controlamos nuestra agenda.
- Nuestro cuerpo.
- Nuestra alimentación.
- Nuestro sueño.
- Nuestros pensamientos.
- Las posibles dificultades.
- Las reacciones de los demás.
Y durante un tiempo el control puede producir sensación de seguridad.
Pero cuando se convierte en la única forma de sentirnos seguros, termina produciendo exactamente lo contrario:
necesitamos vigilar continuamente para comprobar que todo sigue estando bajo control.
Una parte importante del proceso terapéutico consiste entonces en construir otra forma de seguridad.
No la seguridad de saber que nada malo va a ocurrir.
Esa garantía no existe.
Sino la seguridad de sentir:
“Aunque la vida cambie, dispongo de recursos para responder.”
Ahí comienza algo diferente.
La vigilancia puede disminuir.
La exigencia puede suavizarse.
El cuerpo puede empezar a dejar de prepararse constantemente para una batalla que ya no está ocurriendo.
Una mirada integradora
En mi práctica clínica trabajo estos procesos desde una mirada médica y psicoterapéutica.
Primero es importante comprender qué está ocurriendo y valorar si existen factores médicos, farmacológicos, hormonales, metabólicos, psicológicos, ambientales o relacionados con el estilo de vida que puedan contribuir al cuadro.
Después podemos intervenir sobre diferentes niveles: comprensión y psicoeducación, psicoterapia, regulación neurofisiológica, sueño, hábitos, relación con la autoexigencia y el control y, cuando está indicado, hipnosis clínica como herramienta integrada dentro del proceso terapéutico.
Esta forma de trabajar es la que progresivamente he ido estructurando dentro del enfoque RESI —Restauración Neurofisiológica Integrada—.
No se trata de obligar al organismo a relajarse.
Ni de decirle que no debería sentir lo que siente.
Se trata de comprender por qué continúa protegiéndose y crear progresivamente las condiciones que le permitan dejar de necesitar hacerlo de manera permanente.
Porque, a veces, el verdadero cambio no comienza cuando conseguimos controlar mejor nuestros síntomas.
Comienza cuando el organismo puede descubrir que ya no necesita vivir continuamente preparado para sobrevivir.

Dra. Esther Rodríguez
Médica Psicoterapeuta · Hipnosis Clínica
Este artículo tiene carácter divulgativo y no sustituye una valoración médica o psicoterapéutica individual.