Esther Rodríguez - Doctoralia.es

Autoexigencia: cuando una fortaleza empieza a volverse contra ti

Reflexión junto al mar

Podemos seguir siendo responsables sin vivir permanentemente exigidos por nosotros mismos.

El problema no es querer hacer las cosas bien, sino vivir permanentemente bajo examen

La autoexigencia no siempre empieza como un problema.

Muchas veces empieza como una fortaleza.

  • Responsabilidad.
  • Compromiso.
  • Capacidad de esfuerzo.
  • Deseo de hacer las cosas bien.
  • Necesidad de cumplir.
  • Perseverancia.

Son cualidades valiosas.

El problema aparece cuando dejan de estar a nuestro servicio y empiezan a convertirse en una forma permanente de presión interna.

Entonces ya no hacemos las cosas bien porque queremos.

Las hacemos porque sentimos que tenemos que hacerlo bien.

Y la diferencia puede parecer pequeña, pero cambia profundamente la manera en que vivimos.

Porque cuando nuestra tranquilidad depende de no equivocarnos, de no fallar, de no decepcionar o de no dejar nada pendiente, la vida empieza a sentirse como un examen continuo.

La autoexigencia puede pasar desapercibida

No siempre se reconoce fácilmente.

Muchas personas no se consideran perfeccionistas.

Simplemente dicen:

  • “Me gusta hacer las cosas bien.”
  • “Soy muy responsable.”
  • “No me gusta dejar nada a medias.”
  • “Prefiero hacerlo yo.”
  • “Si algo depende de mí, quiero asegurarme de que salga bien.”

Nada de esto es necesariamente problemático.

La dificultad aparece cuando detrás de esas frases existe una sensación más profunda:

“Si no lo hago bien, algo importante puede salir mal.”

Ese “algo” puede ser muy diferente según la persona.

Puede significar decepcionar.

  • Ser criticad@.
  • No estar a la altura.
  • Perder el control.
  • Sentirse culpable.
  • Sentirse insuficiente.

O simplemente experimentar una inquietud difícil de tolerar.

Entonces la exigencia deja de ser únicamente una manera de trabajar.

Se convierte en una forma de intentar sentir seguridad.

Cuando hacer las cosas bien deja de ser suficiente

Una característica frecuente de la autoexigencia rígida es que el criterio interno va desplazándose.

Terminamos una tarea.

Pero enseguida aparece la siguiente.

Conseguimos algo.

Y rápidamente pensamos en lo que todavía falta.

Recibimos reconocimiento.

Pero nuestra atención se dirige hacia aquello que podríamos haber hecho mejor.

El resultado es paradójico:

podemos conseguir mucho y experimentar muy poca sensación de logro.

La mente aprende a buscar errores antes que éxitos.

Pendientes antes que avances.

Riesgos antes que tranquilidad.

Y poco a poco aparece una sensación interna difícil de describir:

nunca termina de ser suficiente

La voz del "tengo que"

La autoexigencia suele tener un lenguaje característico.

  • “Tengo que.”
  • “Debería.”
  • “No puedo permitirme.”
  • “Esto tendría que haberlo hecho antes.”
  • “Podría haberlo hecho mejor.”
  • “No debería sentirme así.”
  • “Debería poder con esto.”

Estas frases parecen pensamientos.

Pero cuando se repiten durante años también pueden convertirse en una forma de relación con uno mismo.

La persona vive acompañada por una especie de supervisor interno.

  • Evalúa.
  • Corrige.
  • Compara.
  • Anticipa.
  • Recuerda lo que falta.

Y rara vez dice:

“Ya está bien así.”

Por eso el descanso puede resultar difícil.

Porque cuando el cuerpo intenta detenerse, el supervisor sigue trabajando.

Autoexigencia y sistema de amenaza

No toda autoexigencia nace del miedo.

Pero muchas veces existe una relación entre exigencia y percepción de amenaza.

Si equivocarse se vive como peligroso, nuestro organismo puede responder a situaciones cotidianas con un nivel de activación mayor del necesario.

  • Un correo pendiente.
  • Una reunión.
  • Un error pequeño.
  • Un comentario ambiguo.
  • Una tarea que no hemos terminado.

Pueden activar preocupación, tensión muscular, rumiación o dificultad para desconectar.

No porque esas situaciones sean objetivamente peligrosas.

Sino porque para la persona pueden estar vinculadas a significados mucho más profundos:

fallar, perder aprobación, generar conflicto, ser insuficiente o no tener el control.

La autoexigencia puede convertirse así en una estrategia para prevenir esas experiencias.

  • Si lo hago todo bien, quizá nada malo ocurra.
  • Si anticipo todo, quizá no me sorprendan.
  • Si controlo suficientemente, quizá pueda sentirme tranquila.

Durante un tiempo funciona.

Pero tiene un precio.

Cuando la fortaleza se vuelve costosa

La misma capacidad que permite sostener situaciones difíciles puede terminar dificultando la recuperación.

La persona continúa respondiendo.

– Continúa cumpliendo.

– Continúa resolviendo.

– Pero cada vez necesita más esfuerzo para conseguirlo.

Pueden aparecer:

  • dificultad para delegar;
  • sensación de culpa al descansar;
  • irritabilidad cuando otros no cumplen los propios estándares;
  • miedo a equivocarse;
  • necesidad de revisar repetidamente;
  • dificultad para terminar una tarea porque siempre puede mejorarse;
  • sensación de urgencia;
  • incapacidad para disfrutar plenamente de los logros;
  • cansancio mental;
  • tensión muscular;
  • insomnio o dificultad para desconectar;
  • frustración consigo misma;
  • sensación persistente de no llegar a todo.

Y cuando aparece cansancio, muchas personas responden de la única manera que conocen:

exigiéndose todavía más.

"Antes podía con todo"

Esta frase aparece con frecuencia cuando la autoexigencia empieza a pasar factura.

  • “Antes podía hacer mucho más.”
  • “Antes tenía más energía.”
  • “Antes no me afectaban estas cosas.”

Y entonces aparece otro nivel de exigencia:

la persona no solo tiene que cumplir con lo que hace actualmente.

También tiene que volver a ser quien era.

Se compara con una versión anterior de sí misma.

Y cuanto más cansada está, más se critica por estar cansada.

Así puede formarse un círculo:

agotamiento → menor rendimiento → mayor crítica interna → mayor esfuerzo → más agotamiento.

En ese punto, la autoexigencia deja de ser una herramienta para funcionar mejor.

Empieza a convertirse en uno de los factores que mantienen el problema.

Descansar también puede sentirse como una amenaza

Para algunas personas, parar no genera inmediatamente alivio.

  • Genera incomodidad.
  • Al detenerse aparecen pensamientos.
  • Pendientes.
  • Sensaciones corporales.
  • Culpa.

O una especie de vacío:

“¿Y ahora qué hago?”

Esto puede resultar desconcertante.

La persona desea descansar, pero cuando finalmente tiene la oportunidad no consigue hacerlo.

En ocasiones, mantenerse ocupada ha funcionado durante años como una manera de regularse.

  • Hacer.
  • Resolver.
  • Organizar.
  • Controlar.

Son actividades que producen una sensación de dirección.

Cuando desaparecen, aparece aquello que estaba quedando en segundo plano.

Por eso aprender a descansar no siempre consiste simplemente en reservar tiempo libre.

A veces implica aprender a sentirse suficientemente segura cuando no se está produciendo nada.

Autoexigencia no es lo mismo que excelencia

Esta diferencia es fundamental.

La excelencia permite aspirar a hacer algo bien.

La autoexigencia rígida necesita hacerlo bien para poder sentirse tranquila.

La excelencia puede aprender del error.

La autoexigencia interpreta el error como una amenaza.

La excelencia sabe terminar.

La autoexigencia siempre encuentra algo que mejorar.

La excelencia permite descansar después del esfuerzo.

La autoexigencia utiliza el descanso para pensar en el siguiente esfuerzo.

No necesitamos renunciar a nuestros estándares.

Ni convertirnos en personas indiferentes.

El objetivo no es dejar de ser responsables.

Es recuperar la capacidad de elegir cuándo merece la pena esforzarse y cuándo ya es suficiente.

Miedo a fallar

Detrás de la autoexigencia puede existir un miedo explícito al fracaso.

Pero muchas veces el miedo es más sutil.

No se teme únicamente que algo salga mal.

Se teme lo que ese error podría significar sobre uno mismo.

  • “Si fallo, significa que no soy suficientemente buena.”
  • “Si decepciono a alguien, quizá deje de quererme.”
  • “Si no tengo todo controlado, puede ocurrir algo que no sabré manejar.”
  • “Si descanso, quizá me vuelva menos eficaz.”

Son asociaciones aprendidas.

A veces proceden de experiencias tempranas.

Otras veces se construyen lentamente a través de la vida.

Y en muchos casos han sido adaptativas.

Han ayudado a conseguir objetivos.

A sobrevivir a entornos exigentes.

A recibir reconocimiento.

A evitar conflictos.

Por eso no tiene sentido enfrentarse a la autoexigencia como si fuera simplemente un defecto.

En algún momento, probablemente intentó proteger algo importante.

Suavizar no significa perder capacidad

Este es uno de los temores más frecuentes.

  • “Si dejo de exigirme, me volveré conformista.”
  • “Si bajo el ritmo, dejaré de hacer cosas.”
  • “Si no me presiono, no conseguiré nada.”

Es comprensible.

Cuando durante años el motor ha sido la exigencia, resulta difícil imaginar otra fuente de motivación.

Pero existen otras.

– Interés.

– Compromiso.

– Curiosidad.

– Sentido.

– Responsabilidad elegida.

– Deseo de contribuir.

– Disfrute.

La diferencia es que estas formas de motivación no necesitan mantenernos permanentemente bajo amenaza.

Podemos seguir siendo capaces.

Seguir teniendo objetivos.

Seguir creciendo.

Pero sin necesitar castigarnos para avanzar.

Cambiar la pregunta

La autoexigencia suele preguntar:

“¿Qué debería hacer?”

Una regulación más flexible puede empezar a introducir otras preguntas:

  • “¿Qué necesito?”
  • “¿Qué es realmente importante ahora?”
  • “¿Esto tiene que estar perfecto o simplemente suficientemente bien?”
  • “¿Estoy respondiendo a una necesidad real o a mi miedo a equivocarme?”
  • “¿Qué coste tiene seguir sosteniendo esto así?”
  • “¿Podría hacerlo de una manera menos cara para mí?”

Estas preguntas no eliminan la responsabilidad.

La vuelven más consciente.

De la aprobación externa a la seguridad interna

Cuando nuestra sensación de valía depende excesivamente de hacerlo bien, podemos vivir muy pendientes de las respuestas externas.

  • Que estén contentos.
  • Que no critiquen.
  • Que no haya conflicto.
  • Que reconozcan nuestro esfuerzo.
  • Que nadie pueda reprocharnos nada.
  • Esto crea una forma de vigilancia.

Porque la tranquilidad queda depositada fuera.

Una parte del trabajo terapéutico consiste en recuperar progresivamente otra referencia interna.

Poder pensar:

“Puedo equivocarme sin convertirme en un error.”

“Puedo decepcionar a alguien y seguir estando bien conmigo.”

“Puedo poner un límite sin ser una mala persona.”

“Puedo hacer algo suficientemente bien sin tener que demostrar continuamente mi valor.”

Eso no ocurre de un día para otro.

Pero cuando empieza a suceder, el organismo deja de necesitar tanta vigilancia.

La autoexigencia también se expresa en el cuerpo

A veces hablamos de la autoexigencia como un patrón mental.

Pero el cuerpo participa constantemente en ella.

  • Mandíbula apretada.
  • Hombros elevados.
  • Respiración superficial.
  • Dificultad para soltar musculatura.
  • Sueño vigilante.
  • Sensación de prisa incluso cuando no existe una urgencia real.

El cuerpo puede acostumbrarse a una posición de preparación.

Por eso trabajar la autoexigencia solo desde el razonamiento puede resultar insuficiente.

Podemos comprender intelectualmente que no necesitamos hacer tanto y continuar sintiendo internamente que debemos hacerlo.

Ahí es donde cobra importancia integrar el trabajo cognitivo y emocional con herramientas que permitan experimentar otra forma de estar en el cuerpo.

Una mirada integradora

En mi práctica clínica no abordo la autoexigencia como un rasgo que haya que eliminar.

Me interesa comprender qué función cumple.

Qué intenta evitar.

Qué historia tiene.

Qué relación guarda con la seguridad, el control y la aprobación.

Y qué coste está teniendo actualmente.

A partir de ahí podemos trabajar desde diferentes niveles:

  • psicoterapia,
  • psicoeducación,
  • regulación neurofisiológica,
  • conciencia corporal,
  • revisión de límites,
  • relación con el descanso,
  • y, cuando está indicado, hipnosis clínica.

El objetivo no es conseguir que la persona deje de esforzarse.

Es ayudarla a descubrir que puede seguir siendo responsable sin vivir permanentemente exigida por sí misma.

Esta forma de comprender la autoexigencia forma parte también del enfoque RESI —Restauración Neurofisiológica Integrada—.

Para recordar:

La autoexigencia probablemente no apareció para dañarnos.

En muchos momentos pudo ayudarnos a avanzar, protegernos o conseguir reconocimiento.

El problema empieza cuando se convierte en la única manera de sentir que estamos haciendo lo suficiente.

No se trata de dejar de ser quien somos.

Se trata de aprender a utilizar nuestras capacidades de una forma más estable y menos costosa.

Porque quizá no necesitamos hacer menos de todo.

Quizá necesitamos dejar de vivir como si cada día tuviéramos que demostrar que merecemos estar tranquilos.

EstherRodríguez

Dra. Esther Rodríguez
Médica Psicoterapeuta · Hipnosis Clínica

Este artículo tiene carácter divulgativo y no sustituye una valoración médica o psicoterapéutica individual.